Salir a correr.

Correr sin parar, como pollo sin cabeza,
sin ninguna certeza del lugar en el que tengo que parar,
kilómetro ochenta y nueve,
correr, con la música tan alta que
no oigo los coches que pasan rozando mi cuerpo
mientras pitan y me insultan.
No son los únicos que lo hacen.
Correr para intentar olvidar
y relajarme,
e intentar que me atropellen, total...

¡MÚSICA!
... cortina de humo negro,
luz final de túnel, apagada,
estoy tumbado en mi cama gritando socorro con los labios cosidos
con indiferencia,
no se oye nada, no hay nadie que pueda oírlo,
música
de la que suena cuando se destruyen los edificios viejos,
la que suena cuando me tapo los oídos
y
pienso en
[...]
y pienso en
[...]
y pienso en
[...]
y de pensar me pongo enfermo
y toso, quizás por el tabaco,
quizás por mi estupidez post-adolescente,
quizás
por no salir a correr lo suficiente.

Escrito en Koiræ.

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