Hermoso y muerto.

Olvidé tomar de nuevo mis estúpidas pastillas contra la estupidez
y desperté abrazado a una piña,
no era mi media naranja
pero al menos tenía desayuno.

Viviré solo
pero al menos la puerta del baño podrá quedar abierta,
y sentado en el espejo vi mi propio reflejo en el agua del retrete:
todo marrón chocolate,
como todo el hachís que fumo,
como todo por lo que me hundo,
como todo en esta mierda de mundo.


Estaba eructando en alto,
era mi particular canción protesta,
había madurado
lo suficiente como para no tener que hacer uso de dicha madurez.
Y seguía solo,
no estaba bien,
tampoco mal,
simplemente estaba ordenando mi vida tirándolo todo por el suelo.

Eran días para no recordar,
posiblemente nadie intentara hacerlo pero tampoco me importaba.
Quemé todas mis viejas hojas de papel tintado,
el humo me recordó al tabaco y a la magia de humo blanco.
Pero la magia no existe porque son los padres,
así que me pillaron fumando en casa.


Podría perder el juicio,
los mejores abogados y loqueros se disputaban mi caso,
y el caso era que el único juez imparcial que había en la sala debía estar borrando sus huellas nasales
de mi tarjeta de crédito.
Nadie supo condenarme y tuve que marcharme con las manos en los bolsillos
y la misma cara trasnochada de siempre.

Al salir
una mujer con los ojos vendados me regaló un beso y un traje,
ahora puedo dormir tranquilo sabiendo que amaneceré
hermoso y muerto.

Escrito en Koiræ.

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